TRISTEZA

En ese plan de pecados imperdonables de los que hablábamos en una nota anterior, también está el ejercer la cátedra sin dignificarla, el no sentir honor por lo que se ejerce y realiza, el no tener orgullo de ser profesor. Decimos esto porque hace algunos días, conversando con exalumnos,  escuchábamos de un catedrático de tercer nivel que les manifestaba: “a mí no me digan profesor, maestro, ninguna de esas choladas, solo díganme míster o mi nombre”. Y nos dio tristeza, pues aunque sea a nivel universitario, el ejercicio profesoral debe darse con dignidad y envuelto en toda la respetabilidad que amerita.

Si ejercer la cátedra no honra, si practicarla sin sentirse educador, formador, profesor, no enaltece ¿Por qué hacerlo?, ¿Solo por un sueldo?, ¿Solo por entretenimiento?, ¿Dónde el sentido de lo que se realiza o practica?, ¿Cuál la misión a cumplir?. Ser profesor universitario no implica alejarse de los cánones pedagógicos ni de la satisfacción de vivirlos; por ello, sí es penoso que ante el alumno se denigre y  menosprecie la dignidad del profesor calificando su denominación como “cholada”.

Sin duda pocas son las profesiones que permiten entrega personal, cercanía y trascendencia en el otro, pues el educador en cualquiera de los niveles modela, trabaja y forma a la persona humana que tiene delante como alumno. Por eso, resulta triste que seamos nosotros mismos quienes desde la cátedra desvaloricemos nuestra condición de maestros, de educadores, de forjadores.

El profesor, ya sea de preescolar, de básica o bachillerato o universitario, está transmitiendo con sus actitudes expresiones y principios, modelos, ejemplos, idealmente a seguir por sus alumno. En consecuencia, no viene para nada bien el maltrato de una profesión que se ejerce aunque no sea por vocación.

Que el educador siempre esté seguro y claro de su rol, que nunca reniegue de lo que hace y que entienda que en cualquier momento de la vida del alumno: niñez, adolescencia o juventud, su imagen resulta un espejo en el que este se mira como opción, como camino a seguir.

¡Que nadie jamás sienta vergüenza de enseñar!

 

Dr. Abelardo García Calderón

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