ATENDER LA INTEGRALIDAD

Cuando el servicio público se convierte en latrocinio, cuando la política se desprestigia por algunos, cuando la rebeldía se convierte en atraco y la paz en miedo ciudadano, hay que pensar no solo en cómo pasó sino cómo solucionarlo.

La rebeldía, el gesto airoso e idealista, la urgencia de cambio, no puede bajo ningún aspecto convertirse en tumulto salteador y atracos a bienes públicos y privados, y por ello entonces se vuelve vital volver la mirada al aula para ver qué está pasando en ella, qué se vive en ella.

Acaso en la mejor de la circunstancias, mucha ciencia, mucha tecnología, eficiencia y competitividad se hacen presentes en el hecho educativo para no hablar de los abandonos, los desamparos y las carencias en las que se debate el aula de la mayoría de los ecuatorianos, pero en todo caso, ahí también se va denotando una ausencia que ha venido marcando a la educación ecuatoriana en las últimas décadas.

La inteligencia cognitiva nos sedujo y con ella quedaron a un lado lo emocional, lo afectivo, lo espiritual, como si del ser humano solo el ansia de aprender y tomar conocimiento fuese lo rescatable; nos olvidamos de la integralidad del ser, de su unicidad y descuidamos su inteligencia espiritual.

¿Dónde el civismo, si fue arrollado por ideologías manipulantes? ¿Dónde la creatividad, si todo se fundamentó en el cumplimiento de un plan común para todos? ¿Dónde la libertad, si fue sojuzgada? ¿Dónde pues lo espiritual, si se relegó? y ¿Dónde el Dios al que se declaró el gran ausente de la formación de niños y adolescentes?.

Ciudadanos que roban, atracan, asaltan tiendas, almacenes como domicilio privados, son el resultado de una educación basada en un mal entendido laicismo que en el siglo XXI no debiera ser de prescindencias sino también de inclusión de las distintas religiones del medio.

Se vuelve importante atender la espiritualidad del alumno. Volquémonos hacia su interior para rescatar valores y principios que otrora eran atendidos por las familias y que hoy quedaron en el aire. La posta es nuestra.

 

Dr. Abelardo García Calderón

 

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