¡Cuán diferentes somos!

Hace ya muchos meses, cuando se iniciaba el año lectivo de Costa, y ahora, cuando comenzaban las clases en la Sierra, escuchamos reclamar a muchos, incluso a través de los medios de comunicación, sobre la carencia de conserjes en los establecimientos educativos y la molestia que eso producía para el normal desenvolvimiento de las clases.

Por supuesto, no podemos negar de la importancia de la higiene y limpieza en el entorno escolar, pero no es menos cierto que la no existencia de conserjes escolares o personal dedicado a cumplir esas funciones no debería ser un impedimento para que el ambiente escolar se mantenga limpio como debe ser. Mingas, turnos, brigadas de los otros actores de la comunidad educativa pudieran ayudar a suplir esta situación.

Pero claro, nos olvidamos al sugerir aquello, que vivimos en el país del “no me corresponde”, “a mí no me toca” como que si atender asuntos más allá de mi estricto contrato fuese denigrante; como si el realizar otros oficios más allá del nuestro nos desmereciera y volviera inferiores al otro.

Por eso decimos: ¡cuán diferentes somos!, pues escuchar esos reclamos y venírsenos a la memoria la realidad de la escuela japonesa, casi es un único acto. Y es que, para quienes no sepan, en las instituciones niponas de educación, no existe el servidor a cargo de limpiar, son los estudiantes los que se encargan de aquello, con lo que les fortalecen en su proceder, al mismo tiempo que ganan en que la escuela no se ensucie tanto, pues como ellos limpian cuidan mucho el no contribuir a ensuciar o desordenar patios, aulas, etc.

Sin duda en nuestro medio, nuestros padres de familia pondrían el grito al cielo si a su hijo se le encargara una misión como aquello; reclamarían, vejarían al profesor, mostrando nuestras deficiencias de carácter y según los casos, hasta nuestro complejo de inferioridad.

No pidamos tener los logros de los japoneses sin vivir como japoneses.

Trabajemos en la autoestima de niños y jóvenes para que nunca se sientan menos por hacer lo que el deber llama.

 

 

Dr. Abelardo García Calderón

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