Espíritu de cuerpo

Esa inveterada costumbre que tenemos de amparar, de cubrir, de arropar con nuestro silencio cómplice a los nuestros, sean hijos, pares o subalternos, y que nos lleva a callar sobre faltas, fallas, indisciplinas o incorrecciones por ese lazo que nos une, se ha dado en llamar “espíritu de cuerpo”, y en ocasiones resulta ser justificativo perfecto para que las investigaciones no se produzcan y los resultados no se alcancen.

Sobre todo en estructuras funcionales, corporativas o académicas muy fortalecidas, no es difícil que esa respuesta solapante y automática de compañeros y directivos, se genere invocando como justificativo los altos intereses generalmente institucionales o de honor. Por ello, ahora, cuando se producen reclamos a partir de los eventos producidos en los estamentos policiales, vale la pena y cabe dar un repaso sobre el por qué ocurre.

En efecto, cuando se da el espíritu corporativo, las víctimas generalmente reprochan, reniegan y denuestan de este, y de manera airada denigran de directivos o de cualquier sospechoso de aplicarlo. Reclamantes, hirientes, se lanzan contra todo, olvidando que esa actitud ha sido sembrada en nosotros, muchas veces desde niños.

Así, en las aulas, en las mismas familias, en muchísimas ocasiones aplaudimos, festejamos y enaltecemos el silencio que protege a uno y que en ocasiones termina con el injusto reproche o castigo para todos.

Callar, solapar, encubrir, se vuelve meritorio, es exaltado como bueno, como solidario y por supuesto, nunca como complicidad.

Si hemos crecido bajo esas consignas, bajo esos preceptos, bajo esas estructuras mentales  y en ocasiones hasta se no ha forzado a ocultar y callar, ¿por qué esperamos que más tarde, de adultos, nos revelemos contra nuestra práctica de siempre y ahora sí develemos el acontecimiento y delatemos al culpable?.

No esperemos del adulto lo que no sembramos, cultivamos y habituamos en el pequeño.

Como decimos siempre: cosechamos lo plantado. Trabajemos pues de manera coherente y giremos nuestra forma de educar a hijos y alumnos.

 

Dr. Abelardo García Calderón

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