La otra herencia

Si los rezagos que nos regalara la presencia del COVID-19 en los niños los han marcado, como decíamos en nota anterior: en su peso, en su capacidad de desplazamiento, movilización y manejo corporal,  hay otros aspectos como la dispersión de la atención, la necesidad de una motivación continua y sostenida, y la perdida de lenguaje y capacidad comunicacional que comparten con los estudiantes mayores ya adolescentes, lo que obliga a los maestros a también tener en cuenta esas consideraciones y condicionantes.

Más, en los adolescentes, según los casos, las familias y las circunstancias, hay otras huellas a veces imperceptibles a los padres que están presentes y que les han marcado con fuerza. La soledad, el intimismo propio de ciertas edades, el viaje profundo a ese interior del Yo que se da entre los 13 y los 16 años, se volvieron caldo de cultivo perfecto para heridas emocionales y depresión.

El descubrir verdades que antes no conocían del hogar, el aislamiento de ese llamado “autismo cibernético”, los prolongados silencios, las dudas y preguntas no resueltas, hicieron, aunque nos parezca mentira, que muchos chicos se refugien en el desgano y la desesperanza, en adicciones o en respuestas depresivas que los llevaron incluso a atentar contra su cuerpo provocando dolor y marcándose, y hasta atentar contra la propia vida.

No hay peor consejera que la depresión y eso lamentablemente lo han vivido muy de cerca la adolescencia- COVID. Por ello el rol de los psicólogos presentes en cada momento escolar y preocupados, debe ser constante, y la paciencia y capacidad de escuchas del educador debe ser permanente.

Como nunca los adolescentes nos necesitan para darles acompañamiento, fortaleza, para estimular su resiliencia y hacerles caer en cuenta que valen tanto que no merece la pena que se pierdan.

“Dealers” se instalaron muy cerca de domicilios, aun de ciudadelas cerradas; llegaron hasta las casas portando los malhadados “pedidos” y la familia distraída o ausente no supo descubrirlo a tiempo, y acaso ni estuvo enterada.

Atendamos con amor al adolescente; lo necesita.

 

Dr. Abelardo García Calderón

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