La vocación: un blindaje

Junto al dominio aptitudinal y preferente de ciertas áreas determinadas del conocimiento científico, la inclinación emocional y afectiva a específicas opciones profesionales y la clarividencia de dejarse en el otro, dándole sentido de trascendencia al trabajo que se ejerce, se reconoce como vocación, como carisma, como mística.

Sin duda, dar el salto intelectual del “trabajo porque me gusta”, al “trabajo porque deseo servir de la mejor manera posible al otro”, implica una alta dosificación de labor emocional y espiritual en aquel que ejerce una profesión, un quehacer. Esa dosis intangible de realización personal  que supone e implica el agrado de hacerlo, como el agrado de trascender en el otro, en el caso de la educación, se requiere como condición ´sine qua non´ para fungir de docente.

En efecto, es la vocación del educador la que da sentido a su diario actuar, la que le implica ir gustoso a exigirse cuando investiga, cuando planifica, cuando expresa y transmite el conocimiento para construir las verdades que busca pero, además, aunque nos sorprenda, es esa misma vocación la que blinda al profesor para aquellas otras acciones y desplantes que lamentablemente no le son ajenos.

La irreverente y altanera actitud del adolescente, el grito destemplado y grosero del niño; en ocasiones, los golpes del estudiante o maléficas travesuras colegiales, al igual que el menosprecio y el mal talante del padre de familia, solo pueden ser soportables y llevaderos tras el blindaje de la vocación, de esa vocación que disculpa, que enseña con el ejemplo, que convierte en maestro al simple educador.

El blindaje es completo cuando el ser humano educador deja pasar, olvida, perdona y por supuesto, no etiqueta ni desquita en el alumno su dolor y decepciones.

La vocación es bálsamo, es aroma, es miel, dulcifica los problemas y anima para enfrentar los retos sin mirar atrás y atisbando más bien con entusiasmo el mañana para el que se trabaja. Sin ella, hacer de profesor, resulta muy difícil, exigente y amargo; sin ella, fungir de educador resulta triste e insoportable.

 

Dr. Abelardo García Calderón

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